Hace años, cuando apenas comenzaba en esto de la mercadotecnia digital, recuerdo haber pensado con tener a alguien o algo a mi lado todo el tiempo: que recordara los pendientes que se me olvidaban, que tuviera a la mano el dato que yo no alcanzaba a buscar, que me ayudara a pensar en voz alta cuando estaba trabado en una idea. En ese entonces ese “alguien” era, en el mejor de los casos, un asistente de tiempo completo, o en otras ocasiones menos afortunadas, una libreta llena de notas que nunca releía.
Hoy ese sueño ya no es un lujo. Todos, sin importar el puesto o el presupuesto, tenemos acceso a algo parecido a ese asistente que alguna vez imaginamos. No hablo de robots ni de máquinas que piensan por nosotros, hablo de algo más simple y más cercano: una presencia que está ahí para ayudarnos a hacer mejor lo que ya sabemos hacer.
Y es que creo que ahí está la clave para entender que la inteligencia artificial no necesariamente será un sustituto, sino que se puede convertir en una herramienta que nos permitirá hacer más en menos tiempo y así dedicarnos a lo realmente importante.
Un buen asistente nunca decide por ti, pero sí te ayuda a decidir mejor. Te recuerda lo que se te pudo haber olvidado, te ordena lo que tenías disperso, te da un primer borrador para que tú lo hagas tuyo, te hace la pregunta que no se te había ocurrido hacerte.
Pienso en la cantidad de horas que a lo largo de mi carrera invertí en tareas que, siendo honesto, no requerían de mi criterio sino de mi tiempo: redactar el mismo tipo de correo una y otra vez, resumir un documento extenso antes de una junta, organizar ideas sueltas antes de presentarlas. Ese tiempo, hoy, se puede recuperar. Y no para trabajar menos -aunque a veces también-, sino para invertirlo en lo que de verdad requiere que un humano esté presente: escuchar a un cliente frustrado, tomar una decisión difícil, tener una conversación honesta con el equipo, imaginar algo que todavía no existe.
He platicado con colegas que todavía ven esto con desconfianza, como si aceptar ayuda fuera admitir debilidad, cuando en realidad es fortaleza. Lo entiendo, a mí también me costó al principio. Pero he llegado a pensar que es lo mismo que sentían por aquel director creativo que alguna vez tuve en mi equipo de cierta empresa tradicional, el de los tatuajes y los pantalones rotos: la gente desconfía de lo que no se parece a lo que siempre ha conocido, hasta que ve los resultados.
Al final, un buen asistente -humano o no- no te hace menos capaz, te hace posible llegar a más lugares con la misma cantidad de horas al día. Y eso, en un trabajo donde cada vez se nos pide más con menos tiempo, no es un tecnicismo ni una moda pasajera: es, sencillamente, ayuda. La misma ayuda que siempre hemos buscado, solo que ahora está más cerca de todos.
Mi sugerencia es que debemos probar, ir paso a paso incorporando herramientas que nos permitan ser más ágiles al mismo tiempo que aprendemos cómo sacarles el mejor provecho. Al final de cuentas el objetivo es también tener más tiempo que podamos dedicar a lo importante, por encima de lo urgente.
P.D. Por supuesto que todo este post está hecho con IA. La imagen, el texto, el título, todo.